lunes, 18 de junio de 2012

El clima y los bodigos

Bien, veamos: por una parte hemos tenido un rifirrafe de declaraciones entre la Alcaldía y Gecobesa sobre si se ha emitido factura o no se ha emitido, sobre si se deben de pagar o no 600.000 euros de canon anual a las arcas municipales por la gestión de la estación de esquí. No me he aclarado si al final se iban a (tener que) pagar o no, porque Gecobesa ha hecho el Don Tancredo y ha dicho que vengan otros a hacer las cuentas. Pero todo parece indicar que no van a entrar esas perras en el arcón del tesoro municipal, más roído que el baúl donde el ciego guardaba los bodigos que Lázaro de Tormes se comía a escondidas.

Por otra parte sabemos que la falta de caudal en el magro Cuerpo de Hombre, río cada vez menos productivo y vago, no mueve las turbinas hidrológicas de Samuel Solórzano y Tranco del Diablo, por lo que las turbinas económicas municipales también están dejando de moler trigo por valor ya de 750.000 euros, de lo que se deduce que de seguir así no va a quedar un bodigo que el mísero pero avispado Lázaro de Tormes se pueda llevar a la boca municipal bejarana, porque el arcón está poco menos que criando telarañas, esos ornatos que crecen en las esquinas donde habita el vacío.

Mal pinta la suma de lo uno con lo otro, que en realidad es resta. El silogismo se vuelve transparente a poco que uno concatene efectos y consecuencias: como no nieva no hay esquiadores, por lo que no hay ingresos en la estación de esquí, razón de que hablar del canon pagable al ayuntamiento (hoy o en el año de la quimera) sea risible y el arcón quede sin tintineo de monedas; y como no nieva, vuelta la burra al trigo, no hay agua que vaya a parar al Cuerpo de Hombre y por lo tanto no se mueven los molinos municipales, ergo no hay electricidad que vender a Iberdrola, de lo que se vislumbra que no hay maravedíes que brillen en la palma de la mano municipal.

La conclusión del silogismo parece conducir a donde nadie querría: con la palma de la mano vacía por falta de doblones por culpa del cambio climático en el que no cree el primo de Rajoy, el bofetón en el bolsillo del contribuyente bejarano se anuncia en lontananza, digamos el año que viene, por ejemplo. Permítanme que parodie el dicho salmanticense universitario que entenderán perfectamente: “Quod Natura non dat, bexariensis praestat”. Que en cristiano al libre modo quiere decir que lo que la Naturaleza no otorga, lo van a poner los bejaranos.

Atentos pues, porque todo tiene visos de que los lloros municipales van a ser enjugados con el pañuelo de las tasas por colgar la ropa a secar en los balcones, por irse a merendar a la Fuente del Lobo o por echar tomillo a los pies del Santísimo Sacramento, que queda la calle luego como si hubiera habido un botellón espiritual y hay que barrerlo todo, sin pagar IBI ni impuesto municipal de recogida de basuras.

jueves, 14 de junio de 2012

Sistema Béjar

En 1877 la revista La Ilustración Española y Americana reproducía una xilografía de 9 x 21 cms a cuyo pie se describía como “Máquina electro-dinámica y alarma telefónica, sistema Béjar” de cuyo inventor, funcionamiento y utilidad no tenemos mayores noticias.

Anecdotario de don Francés de Zúñiga (16)

Estando un día el Emperador en el Alcázar de Segovia ... entró este Gonzalo del Río, regidor de Segovia, y díjole este Francesillo:

─ Cuando entrasteis, estaba yo suplicando al Emperador que os hiciese merced de aquel lugarillo ...

Y como el Emperador callase, volvió el don Francesillo:

─ Mas en esto del dar no hay que hablar con su Majestad.

Este regidor era opuesto del Francesillo, con quien andaba tan discreto y gracioso que siempre que se juntaban le concluía y atajaba y le hacía callar, de que el emperador gustaba mucho; y ansí en entrando el regidor, le hacía del ojo para que comenzase con él plática.

[Acotación al margen de la Crónica burlesca, Biblioteca Nacional, ms. 1838, fol 43v]

sábado, 9 de junio de 2012

Béjar y la estatua de la Libertad

No se lo creerán, pero se publicó un libro en los Estados Unidos, ese país desconocido e imprevisible, que se titulaba The Bejar Name in History [El nombre de Béjar en la historia], que no tenía lugar ni año de edición porque se hacía en el formato de edición bajo demanda, que es una manera nueva de vender libros: si lo quieres, te imprimimos un ejemplar; si no, no. Lo encontré en internet, claro. Ahí hay de todo. Lo más fascinante del hallazgo no resultó que fuera un libro de título absoluto y aparentemente fundamental para la bibliografía bejarana cuya lectura se me hubiera escapado hasta ahora, sino que en su cubierta aparecía nada menos que la mismísima estatua de la Libertad de la isla de Ellis, frente a Manhattan, el lugar por el que pasaban antaño todos los inmigrantes que querían asentarse en los Estados Unidos y que hemos visto en tantas películas. Ahí es nada. Béjar y la estatua de la Libertad juntas. Como sé que no se lo creen, aquí se lo reproduzco:



Luego, cuando averigüé más, resultó que no era para tanto. No era un libro total y absoluto que nos proporcionase todas las fuentes de las crónicas medievales, cristianas y musulmanas, en las que aparecía Béjar, o los legajos del Consejo Real del Archivo Nacional de Simancas, por poner algunos ejemplos que serían investigaciones de largo aliento y que se agradecerían, sino tan sólo un compendio de listas de embarque y pamplinas parecidas en las que aparecía alguien que se apellidaba Béjar y había emigrado a los Estados Unidos alguna vez, entrando, eso sí, por la famosa aduana de la isla de Ellis.

Anecdotario de don Francés de Zúñiga (15)

A la tristeza de la ciudad [de Burgos] corresponde la del cielo, casi siempre nublado, siendo raro ver el sol limpio, por lo cual no decía mal don Francés: “Que Burgos traía luto por toda Castilla, y que el sol, como las otras cosas, viene a Burgos de acarreo”.

[Andrea Navagero, Viaje por España (1524-1526), Madrid: Turner, 1983, pp. 80-81]

Cruces

El martes me dio un arrebato y me apunté por libre a la romería de la Peña de la Cruz, a la que no acudía desde cuando Béjar estaba floreciente, aunque tengo que reconocer que el campo estaba esplendoroso, como suele en estas fechas, que es lo que le queda a esta urbe desnortada. Como dice un amigo mío, daban ganas de ponerse a cuatro patas y liarse a comer hierba, de bonito que estaba. En otros siglos me recuerdo recogiendo pamplinas por el camino, pero esta vez fue polvo a más no poder lo que me comí, del tráfico cosmopolita que de continuo me rebasaba. Jodía civilización.

Son ya muchas las veces que tengo subidas las cuestas que conducen a la Peña de la Cruz y sigo preguntándome a qué se debe esa cruz. Parece inmemorial, desde luego, por más que en los años setenta se levantara la que ahora contemplamos. Una vez que lo pregunté en público, alguien me respondió que se erigió con motivo de la victoria cristiana en la batalla de Las Navas de Tolosa, pero lo cierto es que nunca he leído nada en ninguna parte que explique el origen de la tal cruz. Sabemos ya con certeza cómo se originaron los hombres de musgo, cómo fue la construcción de la plaza de toros, los detalles de la llegada de los flamencos, las vicisitudes de El Bosque o lo más grueso de lo que pasó en la Revolución de 1868, pero hay otras cosas de las que las noticias son escasas o ningunas. Valga el caso del origen de la Peña de la Cruz.

Ahora que estamos todos con el IBI a cuestas, convendría inventariar y tasar la prolija colección de cruces y derivados escultóricos que los bejaranos tenemos rodeándonos por todas partes, dentro y fuera, vigilándonos, instándonos a creer, acompañándonos en todo momento para que nuestra alma no esté sola en ningún rincón escondido, no sea que el diablo nos aceche y nos pille sin protección. Solo de Béjar a la Peña de la Cruz no sé las que habrá, de todas las formas y tamaños, a cada vuelta y revuelta. No pagan IBI, desde luego, y supongo que tampoco ocupación de espacio público ni nada parecido. Bien se dijo que la cruz era la marca comercial más antigua y rentable de las que en el mundo han sido y serán. Ni Coca-Cola ni Apple ni Nike disponen de tantos reclamos a la vista. Y si los tienen, pagan religiosamente.

Y por si fueran poco las estáticas, ahora a cada parpadeo se las encuentra uno moviéndose por las calles, por los motivos más variopintos, como si volvieran las Cruzadas contra el turco infiel. Atentos, porque llega el próximo domingo el órdago a la mayor, martillo de herejes. Otra vez a encerrarse en casa con una pila de libros. Entre la crisis y la clandestinidad, está uno que no le llega la camisa al Cuerpo.

The Free State of Bejar

Hubo un tipo llamado Jack C. Butterfield que en 1963 publicó un libro que se titulaba nada menos que The Free State of Bejar [El Estado Libre de Béjar]. Asustado, y no siendo vasco el autor, como obviamente se deducía por su nombre (aunque nunca se sabe...), luego miré mejor la referencia bibliográfica y resultó que estaba editado por The Library Committee, The Daughters of the Republic of Texas, esto es, el Comité Bibliotecario de las Hermanas de la República de Tejas. El libro, claro, estaba publicado en la ciudad de San Antonio y precisamente venía a contar cómo la antigua ciudad de “San Antonio de Bejar”, sin acento, perdió además el apellido y se quedó sin más en “San Antonio”, para lo cual necesitaron pergeñar 35 páginas. Lo que no se entiende es que si el argumento del libro era cómo perdió precisamente el topónimo, el libro se titulara como se tituló, con relumbrón del topónimo echado a perder.